Los alimentos fermentados son aquellos que se han transformado por la presencia de microorganismos como bacterias o levaduras. En este proceso se descomponen moléculas de azúcar y se obtienen otros productos, principalmente etanol, ácidos y dióxido de carbono. Los alimentos fermentados, resultantes de este proceso, son seguros para el consumo humano y, en muchos casos, confieren múltiples beneficios para la salud.
Existen varios tipos de fermentaciones en la elaboración de productos alimentarios y bebidas. Las más destacadas son:
Las últimas investigaciones indican que el consumo de alimentos fermentados a largo plazo confiere ciertos beneficios para la salud. Veamos algunos de los más relevantes:
Facilitan la digestión. En el proceso de la fermentación se eliminan algunos antinutrientes y aumenta la biodisponibilidad de algunas sustancias (por ejemplo, vitaminas). Todo ello contribuye a que se compare a un proceso de “pre-digestión”. En el caso de los lácteos, por ejemplo, es más fácil digerir el yogur que la leche. Esto se debe a que los lácteos fermentados contienen menos lactosa (azúcar principal de la leche). Asimismo, los fermentos y bacterias presentes en el yogur favorecen el proceso de absorción de nutrientes.
Los alimentos fermentados que contienen microorganismos vivos ayudan a potenciar la diversidad de la microbiota intestinal por su contenido en probióticos. Según la definición de la OMS, los probióticos son microorganismos vivos que, administrados en la cantidad adecuada, proporcionan beneficios para la salud del huésped. Por ejemplo, Lactobacillus, Bifidobacterium, etc.
Aportan un mayor valor nutricional. La composición de los alimentos mejora tras sufrir el proceso de fermentación. Por ejemplo, aumentando el contenido de ciertas vitaminas (vitamina C, vitamina K2, etc.) y minerales.